El Campín ya no es un estadio. Es un negocio desordenado con césped prestado. Y mientras el fútbol colombiano paga las consecuencias, Sencia S.A.S. y Corficolombiana administran el desastre con silencio, excusas y comunicados vacíos.
El escenario más importante del país fue reducido a una tarima multiuso donde el balón estorba y los futbolistas sobran. La cancha está en ruinas, los partidos se aplazan y la imagen del fútbol profesional colombiano se arrastra por el barro. No es mala suerte, no es el clima: es una mala gestión sostenida.
Millonarios y Santa Fe, los clubes que sostienen la historia, la taquilla y la identidad del Campín, hoy juegan como visitantes en su propia casa. No son clientes: son daños colaterales de un modelo que prioriza conciertos, montajes improvisados y facturación rápida.
Y lo más grave: se está jugando con la salud de los jugadores. Un campo irregular no es solo un problema estético, es una amenaza física. Ya hubo lesionados. Leonardo Castro es apenas el ejemplo más visible de una advertencia ignorada. Cada partido en ese terreno es una apuesta irresponsable con carreras profesionales.
Sencia y Corficolombiana hablan de modernización mientras deterioran lo esencial. Administran un bien público con mentalidad de centro de eventos y nula responsabilidad deportiva. El fútbol no es un estorbo en la agenda: es la razón de ser del estadio.
El Campín no necesita más excusas técnicas ni cronogramas de recuperación que nunca se cumplen. Necesita respeto. Porque cuando el negocio se impone al fútbol, el espectáculo muere… y el riesgo lo pagan los jugadores.
Bogotá no merece este abandono.
El fútbol colombiano tampoco.

